Costa Rica 2025
- Mar Cuervo

- 25 ene
- 13 Min. de lectura
2 y 3 de octubre
Nuestro viaje comenzó como muchos otros, en un AVE destino Madrid para coger el vuelo. Sin más emoción que el habitual desprecio por Renfe; tras 3 horas y media de tren y 10 de avión, aterrizamos en San José a las 17:00 h. Ya era de noche así que no pudimos ver gran cosa de la capital a excepción tráfico. Una vez recogimos el coche, un Suzuki Jimny, muy adecuado para las aventuras que estaban por venir, salimos de San José dirección Tárcoles.
Fue un poco más de una hora de camino hasta llegar al lodge. No pudimos resistir la tentación de dar nuestro primer paseíto nocturno por el terreno del lodge. Vimos varias ranitas y tarántulas azules acechándolas. Pero nada muy destacable, así que nos fuimos a dormir para afrontar con energía el día siguiente.
Tan pronto como amaneció salimos de nuevo a dar una vuelta por el terreno del hotel. Y si bien los herpetos se hicieron de rogar, los pájaros fueron más amables. Vimos varias especies de guacamayos o lapas como las llaman los ticos. Entre ellos el guacamayo rojo (Ara macao) que es una especie característica de esta zona de Costa Rica. También vi el primer colibrí de mi vida. Una de las chicas de la recepción nos enseñó una pareja de buhitos que se pasan el día en un árbol cerca de la entrada del lodge y de regalo vimos una ardilla, el primer mamífero del viaje.
Llenos de entusiasmo por ver herpetos salimos hacia el Parque Nacional de Carara. Pero nuestro entusiasmo se vio mermado rápidamente por dos acontecimientos inesperados. Un atasco terrible, y lo más devastador, el puente del río Tárcoles estaba cerrado. El puente era una parada prevista, al ser un punto famoso para ver los cocodrilos. Sin embargo, debido a las obras en el puente, responsables del atasco, no se podía caminar por el mismo y las vallas impedían la visibilidad. Un poco chafados llegamos a Carara a las 8 de la mañana, fuimos los primeros visitantes de ese día.
Nada más entrar el entusiasmo volvió a nosotros. En la puerta me separé de David para ir al baño antes de hacer la caminata por el parque. Sin embargo, no llegué a entrar porque un par de iguanas tomaban el sol en la explanada ante el baño. Salí disparada al grito de “¡David, David, David!”, cuando lo tuve a la vista ya tenía la cabeza entre los arbustos y me contestó “Ya las vi”, convencida de que había cumplido mi misión volví sobre mis pasos, para esta vez sí, hacer pis. Cuando llegué junto a David unos minutos después resultó que lo que había visto él eran ranas dardo por lo que hicimos el camino hacia los baños por tercera vez para que pudiéramos hacerle fotos a las iguanas.
El Parque Nacional de Carara resultó estar llenísimo de ranas dardo, hasta el punto de que lo difícil sería no verlas. Tienen una actitud bastante chulesca, que por lo que hemos comprobado comparten muchos dendrobátidos y les gusta colocarse en sitios elevados. También vimos iguanitas, anolis y eslizones. El camino estaba constantemente atravesado por ríos de hormigas cortadoras, uno de los animales que veríamos a lo largo de todo el viaje, tanto de día como de noche. A lo largo del camino, probablemente gracias a que no había todavía nadie más en el parque, vimos varios agoutíes, una especie de roedor que se mueve como un ciervo. El sendero pasa al lado de varias quebradas en cuyas orillas vimos varios basilíscos tomando el sol.
Después de varias horas paseando por el Parque Nacional salimos llenos de motivación, pero no podíamos marcharnos de Tárcoles sin ver los cocodrilos, así que intentamos acercarnos al río por varias pistas pero resultó bastante complicado. La mayoría de los accesos estaban cerrados o eran privados, por lo que no nos quedó más remedio que contratar un tour en barco por el río. Mientras esperábamos la salida del barco vimos varios tucanes.
Una vez en el barco resultó sencillísimo ver cocodrilos. Los responsables de estos tours ceban a los animales, por lo que se acercan muchísimo a los botes. Por este mismo motivo vimos varias especies de halcones que acudían a las sobras de los cocodrilos. No sabíamos que esta fuera un práctica común en esta zona y resulta totalmente innecesaria, ya que el río está lleno de vida y el paseo resultaría emocionante sin estas malas prácticas... Al margen de esto, vimos montones de pájaros, entre ellos las jacanas, una de mis aves favoritas. Además de una tortuga y varios basiliscos corriendo sobre las aguas. Parte del paseo se mete entre los manglares, donde a parte de estos árboles tan especiales, vimos unos pájaros que no conocía pero que se han ganado un sitio en mi corazón, las "garzas de pico de bote" que son nocturnas, por lo que durante el día estaban todas juntas dormitando en un árbol.
Una vez bajamos del barco fuimos a comer algo rápido y nos dirigimos hacia Playa Mantas, donde pude cumplir dos de mis objetivos para el viaje: bañarme en el Pacífico y ver un perezoso. ¡Mi primer perezoso! En este caso de dos dedos. Por desgracia, no pude disfrutar mucho rato de ninguna de las dos cosas, porque se puso a diluviar. Así que nos subimos al Jimny de camino al siguiente hotel, la Hacienda mil bellezas.
Durante el último tramo del camino tuvimos que conducir a uno por hora ya que la pista de tierra que llevaba al lodge estaba cubierta de ranas y sapitos. Esta noche dado que llovía con toda el alma me abstuve de salir, pero David, equipado con botas de agua, linterna y cámara, se fue a dar una vuelta. Este esfuerzo se vio recompensado con la primera serpiente del viaje, una Imantodes cenchoa, que estaba muy ocupada comiéndose un anolis. Además de un montón de ranitas.
4 de octubre
Al día siguiente dimos un paseo al amanecer por los terrenos de la hacienda. Las mariposas en está zona son alucinantes, azul eléctrico y más grandes que mi cabeza. El paseo nos llevó hasta el borde de un río, donde suele haber pozas en las que bañarse, pero debido a que fuimos en la estación de lluvias estaba llenísimo y las pozas no eran visibles. Lo que sí vimos fue una rana dardo de morfo amarillo (Oophaga granulifera), que era el motivo principal del paseo. Una vez de vuelta en el hotel desayunamos en una terraza donde fui acosada por abejas, mi castigo por abstenerme del desayuno típico costarricense, el gallo pinto, y decantarme por tostadas con mermelada.
El plan de esta mañana eran las tirolinas por el canopy, otra de mis exigencias en este viaje. Mientras nos explicaban las normas de seguridad, aparecieron monos capuchinos, por lo que nos distrajimos un poco. La experiencia resultó muy guay en especial por uno de los guías, Daniel, que es un apasionado de las aves y nos dio unas cuantas recomendaciones para el resto del viaje. Después de comer en el canopy volvimos al Jimny, pero no recorrimos mucha distancia antes de volver a detenernos, ya que una serpiente (Leptophis occidentalis) se cruzó en nuestro camino. Una vez hechas las fotos y después de hablar un rato con los lugareños, salimos hacia el Cerro de la Muerte.
Cuanto más subíamos por la carretera de montaña, más bajaban las temperaturas y nos internábamos en la niebla. El contraste fue tal que agradecimos enormemente la chimenea de nuestra habitación en el hotel. Nos alojamos en Sueños Natura Birding & Photography, donde el dueño, Freddy, un amante de las aves, había creado un jardín totalmente preparado para observarlas.
Cuando llegamos ya estaba anocheciendo, y nos sentamos a ver a los colibríes. Vimos un montón de especies diferentes. Todos ellos iban puestos de azúcar hasta las trancas, ya que llevaban todo el día libando y mientras que estuvimos observándolos estuvieron todo el rato peleando y revoloteando. Son unos animales super curiosos y no tienen ningún reparo en acercarse para estudiarnos mejor. O de posarse muy cerca, en el caso de David, en el objetivo de la cámara. Fue una experiencia mágica y para mi uno de los puntos álgidos del viaje. Esa noche tampoco salí de paseo ya que estaba felizmente sentada delante de la chimenea comiendo pan de plátano y leyendo. Pero David se dio una vuelta que no resultó muy fructífera.
5 de octubre
Por la mañana nos despertamos con el amanecer y dimos un paseo por los alrededores. A primera hora los colibríes están más centrados en comer que en pelearse, por lo que fueron un poco menos acosadores. Vimos también algunas otras aves y ardillas, pero ningún herpeto. El desayuno fue maravilloso y Freddy nos dio unas cuantas recomendaciones para el día. Sin embargo, las aves eran un objetivo secundario por lo que nos dirigimos al Cerro de la Asunción, en el cual tras una subida que casi acaba conmigo y que tuvimos que terminar en el Jimny porque el mal de altura me estaba matando, vimos dos especies de lagartijas. Una de ellas, mi favorita, con el pecho azul y unas escamas puntiagudas increíbles (Sceloporus malachiticus) ; y la otra con un patrón moteado y una carita adorable (Abronia monticola). El resto de la mañana la dedicamos a pasear en coche por la carretera que lleva a San Gerardo de Dota. Este es un punto famoso entre los ornitólogos para ver los Quetzales. No tuvimos suerte con ellos, pero sí dimos un paseo junto al río hasta unas cascadas y tomamos un café carísimo rodeados de picapinos.
Emprendimos el camino hacia el Caribe, pero dado que se tarda bastante, hicimos parada en Turrialba. Quisimos dar un paseo por los alrededores, pero nos volvimos a encontrar con el mismo problema que ya nos veníamos encontrando en varias ocasiones, y es que en muchos sitios no se puede acceder sin pagar. El paseo nocturno tuvo, eso sí, un punto álgido para mí, ya que aunque no vimos muchos herpetos sí vimos luciérnagas, que revoloteaban como haditas sobre los prados inundados.
6 de octubre
Por la mañana, decididos a sacar una experiencia positiva de Turrialba y fuimos a dar un paseo por un embalse cercano, una zona chulísima en la que vimos un montón de pájaros. Después nos dirigimos al CATIE, un sitio donde creíamos que iba a ser sencillo ver caimanes, pero no tuvimos suerte. Lo que sí vimos, fueron las primeras blue jeans del viaje, en el jardín botánico de Turrialba.
Continuamos nuestro camino hacia el Caribe y llegamos a Cahuita donde visitamos el Parque Nacional. En este parque vimos por primera vez la otra especie de oso perezoso de Costa Rica, el perezoso de tres dedos. Aquí nos encontramos con tres crías de oropel, una de cada color. Las tres crías estaban muy juntas, en arbustos aislados del resto de la vegetación y en un lugar muy reconocible justo al lado de una zona de descanso. Por lo que sospechamos que las hubieran colocado ahí los guías. Y es que, en la entrada del parque, había numerosos guías que ofertaban sus servicios a los turistas, a veces de forma insistente, por lo que sospechamos que fuera una estrategia para "mejorar" la experiencia de los clientes. Saliendo del parque vimos por fin los caimanes, también varios monos capuchinos y la segunda especie de basilisco del viaje.
Por la noche dimos un paseo alrededor del lodge. Empezamos viendo una oropel, en este caso de color salmón. Esta vez pudimos ver a los perezosos en acción. Hasta ese momento habían estado haciendo honor a su nombre, pero de noche pudimos verlos más de cerca paseando por los cables de la luz. En esta salida también vimos varias especies de ranitas. Encontramos también una serpiente dormida (Mastigodryas melanolomus) y otra bastante más despierta (Sibon nebulatus).
7 de octubre
Por la mañana decidimos ir a dar un paseo en busca de los monos aulladores, los encontramos a ellos y a una ranita dardo. Esa mañana tendríamos que haber ido a bucear, pero las condiciones no eran buenas, así que nos fuimos primero a dar un baño en el Caribe, otro de mis objetivos para el viaje; y luego a dar un paseo junto a unas cascadas en el territorio Indígena de Kéköldi. En el paseo hasta las cascadas vimos varios cientos de blue jeans, en este caso sin los pantalones azules. Una vez en la cascada nos dimos un baño para luchar contra el terrible calor del Caribe. Cuando salimos del agua resultó que estaba cubierta de sanguijuelas, eran minúsculas, tan pequeñas que no eran capaces de morderme. Por alguna razón David se libró de la experiencia de tener que quitarse quinientas sanguijuelas bebé de encima.
Esa tarde fuimos al parque nacional Manzanillo, que está lleno de estos árboles. Son terriblemente tóxicos pero sus frutos huelen increíblemente bien. En el paseo además de monos aulladores nos encontramos una bejuquilla (Oxybelis koehleri), o más bien nos encontró a nosotros porque estaba en una barandilla al borde del camino. No estaba del mejor de los humores, lo cual se refleja claramente en las fotos.
Esa noche dimos otro paseo alrededor del hotel, esta vez menos fructífero ya que hacía demasiado calor. Yo di por finalizada la noche después de este primer paseo, pero a David le supo a poco y se fue a dar una vuelta por las inmediaciones del Parque Nacional de Cahuita. Como me arrepiento de no haber ido con él. Además de una oropel y otra culebra, vio un armadillo y un mapache, el último de mis objetivos para el viaje.
8 y 9 de octubre
Dado que los mapaches estaban en mi lista de deseos y no había tenido suerte con ellos, por la mañana accedimos por la entrada sur de Cahuita, mucho más boscosa que la de playa blanca, en busca de mapaches. Por desgracia y aunque sí vimos monos y algunos pájaros interesantes, nada de mapaches. Llegados a la playa el calor me resultaba insoportable y aunque el sitio estaba cubierto de huellitas de mapache tuvimos que dar la vuelta. En el camino de vuelta, el bosque me premió con un bebé de capuchino y otro de mono aullador. Comimos en la playa a la sombra y nos despedimos del mar caribe para irnos más al interior, a una parada obligada para los amantes de los anfibios en Costa Rica, el CRAC (Costa Rican Amphibian Research Center). Una reserva privada de anfibios dirigida por Brian Kubicki, un estadounidense expatriado en Costa Rica. El sitio es una pasada y ya en la puerta nos recibieron unas cuantas blue jeans.
Esa noche deje que los loquitos de los anfibios se dieran un paseo solitos ante la perspectiva de estar 3 horas bajo la lluvia escuchando nombres científicos. Esa noche se hincharon a ver ranas, ranitas de cristal y para terminar una terciopelo. Por la mañana estuvimos un rato persiguiendo el canto de una rana y aunque no la encontramos, lo que sí vimos fueron hormigas bala. Después, sí di un paseo por la reserva que resultó tan extensa como algunos de los parques nacionales en los que ya habíamos estado. Comimos y pasamos la tarde haciendo gestiones inevitables como ir al super.
La siguiente noche sí me animé a dar un paseo. El objetivo eran las salamandras, con las que no hubo suerte, pero sí vimos un montón de ranas, algunas con los ojillos tan grandes que reflejan la luz de las linternas y estaban por todas partes (Agalychnis spurrelli). David sacó del agua para mi una tortuga, a sabiendas de que aunque a él no le encantan, son unos animales que me gustan mucho. Y para terminar tuve un encuentro con una terciopelo. He de decir, que sin ser yo una persona a la que le den miedo las serpientes, la terciopelo no me gustó nada. Era enorme, metro veinte o así y tenía tremendo mal genio, se pasó todo el tiempo bufando y pegando unos saltos increíbles. Lo cual le quita un poco de encanto a un animal realmente bello. Volvimos a la cabaña para una cena tardía con la intención de volver a salir más tarde. Pero finalmente no lo hicimos, ya que la puerta del baño se quedó bloqueada y nos pasamos un par de horas tratando de abrirla, con la inestimable ayuda de videos de youtube. No tuvimos suerte y nos acostamos.
10 y 11 de octubre
Por la mañana nos despedimos de Brian que vino con la llave de la puerta del baño. Desayunamos en el CRAC con un par de colibríes haciéndonos compañía y aún dimos un paseíto más por la reserva antes de marcharnos. En nuestro camino hacia el siguiente destino hicimos una parada en el Parque Nacional Braulio-Carrillo que, para las increíbles densidades de fauna que tiene Costa Rica, nos pareció que no había mucha vida, por lo menos por la parte por la que nosotros accedimos.
Nuestro siguiente destino era Centro Manú, un lodge que le habían recomendado a David cerca de Guápiles. Llegamos por la tarde y nos dieron muy bien de cenar antes de irnos de paseo por los alrededores con un guía, Kenneth. Durante el paseo vimos muchísimas ranas, entre ellas campanitas, ranas de cristal y la famosa rana coronada, que era el motivo de nuestra visita. Varias serpientes también se animaron a salir. Nuevamente yo me dí por satisfecha, pero David volvió a salir y su premio fue una rana de cristal fantasma (Sachatamia ilex), una de las especies objetivo de David, y una salamandra (Bolitoglossa colonnea). Me encantan estas salamandras con su cara de dragoncito.
Por la mañana dimos un paseo por la zona en busca de pajaritos. Vimos algunas cosas chulas como un pájaro estaca. Que no habríamos encontrado jamás si no fuera por la ayuda de Kenneth, ya que el camuflaje de esta ave es una locura. Tristemente este fue el último paseíto del viaje ya que nos marchábamos esa misma tarde.
El viaje de vuelta no estuvo exento de problemas, despegamos con bastante retraso debido a las condiciones climatológicas, cuando por fin aterrizamos en Madrid tardaron 45 minutos en dejarnos bajar del avión ya que la policía vino a buscar a una de las pasajeras; y para rematar, el equipaje facturado no salía. Con todos estos imprevistos tuvimos que separarnos, ya que yo trabajaba al día siguiente y no podía permitirme perder el AVE, mientras que David no trabajaba y era su maleta la que estábamos esperando. Por suerte, y después de una carrera llegamos al tren por los pelos.
Ha sido un viaje de contrastes, es un país con una biodiversidad alucinante. Riquísimo a nivel natural y bellísimo. Pero también una de las zonas con más turismo de naturaleza del mundo, lo cual implica que absolutamente para todo debes pagar. No hay un paseo, una ruta o un camino que no estén cerrados y debes pagar por acceder. Resulta agotador. No sé si volveremos a este enclave en particular, pero si os adelanto que no hemos terminado con américa latina.
Nota de David:
Costa Rica es un lugar increíble, con una biodiversidad exuberante. Hemos podido contemplar una gran variedad de paisajes en regiones biogeográficamente muy diferenciadas pero muy próximas entre si. Esto nos ha permitido ver una gran variedad de hábitats, desde bosques lluviosos, premontanos, manglares, hasta zonas de alta montaña, a más de 3400 msnm. Ha sido breve y me voy con la sensación de haber arañado la superficie de un país en el que podrías estar una vida entera estudiando, y aún te quedaría mucho por comprender. Al final hemos visto alrededor de 80 especies de reptiles y anfibios, de las más de 400 que hay, y algo más de 100 especies de aves, de las casi mil que habrá. Pero los números no son lo importante, si no las experiencias vividas: permanecer inmóvil en una quebrada, escuchando el canto de tres especies distintas de ranitas de cristal; intentar localizarlas sin éxito; frustrarse, insistir… y finalmente, cuando ya parece imposible, encontrarla. Esos instantes son los que merecen la pena.
Me voy profundamente agradecido. A Mar, por su infinita paciencia conmigo y con mis pequeñas locuras, que casi siempre la arrastran a pasar calor, frío, mojarse o todo a la vez. Y a todas las personas que han compartido conmigo su tiempo, su experiencia y su conocimiento, permitiéndome exprimir al máximo este tipo de viajes. En especial, gracias a Max Benito Smeele, Luis Albero y Javi Eiras; y, por supuesto, a Brian Kubicki, de quien aprendí enormemente sobre la ecología y la taxonomía de los anfibios de Costa Rica, así como a Kenneth, un auténtico naturalista cuya pasión por lo que hace resulta absolutamente contagiosa.







































































































































































